Las barricadas misteriosas

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A François Couperin

Bajo el mismo sol que alumbró a Marco Polo, Admundsen, Stanley o Livingstone, supongo que mi sombra se hace más grande y solitaria desde que nos distanciamos.
Me acostumbré a cruzar los desiertos del Sahara, a buscar un cielo protector ante las lluvias de Iquitos, a surcar las aguas del río Congo, a atravesar el corazón de las tinieblas de Tierra de Fuego, a la pasión del cazador solitario.
Bajo el mismo cielo sobrevolé caricias de Bangkok, frutas cimbreantes del Caribe, curvaturas de los valles del Rift, temblores de las desnudas cítaras de Samarkanda, pieles abiertas de los desiertos de la Antártida, abismos voluptuosos del Tepuy. Ensayé con las manos de Couperin su arte de tocar y me despedí con las de Rimbaud y su indiferencia.
Al volver a casa, improviso destinos, zozobro entre la valentía de dejarme llevar y el refugio cobarde de mis libros. Esbozo el plan de una nueva aventura en cada línea trazada en el mapa que conduce al periplo recurrente, al viaje negado, al retorno imposible de tu nombre.

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