La dulce piel de los ahogados



 

Relato para ENTC

Hay historias del fin del mundo que describen cómo olas de veintisiete metros tragan grandes buques y devuelven a la orilla tesoros hundidos.
Al lanzar la piedra sobre las aguas, rebotó tres veces y se hundió. Me pregunto si esas ondas que se extienden cruzadas sobre la superficie serán olas descomunales para los zapateros de agua, para las libélulas que pululan siempre entretenidas. Se superponen como una melodía líquida de caricias en la piel, dulces y sinuosas como los labios que deseé besar cuando nos divertíamos en baños compartidos. Son las mismas que un día accidental de verano nos separaron para dejar un gusto desabrido de vacío y alga. Me sorprende que algunas ondas sean tan difíciles de traspasar, tan obstinadas como esas piedras que tiras al lago, que yo devuelvo siempre y tú nunca ves.

Sintaxis

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I Premio de Microrrelatos “Hasta el 40 de mayo”, organizado por El Club de los Paraguas Perdidos.


Con este calor reconoceré, querido paraguas, que fuiste un complemento circunstancial, un sujeto paciente de mis oraciones, uno de esos objetos indirectos apartados, pues tus atributos no servían para la lluvia (aquí “llover” es arcaísmo). Abrirte era buscar la impersonalidad meteorológica; llevarte, un presente de imperativo sin uso; sujetarte, un anacoluto en mi fisonomía. Disculpa si te sentiste subordinado a mi sombrilla; en ocasiones, la realidad se muestra relativa, sin lugar, ni tiempo, ni modo.

Así que, sí, me alegraré siempre de que, en aquel día canicular sin taxis, nos protegieras, a ella y a mí, de la tormenta.