Nuestros silencios


En mi familia siempre han gustado los juegos. Salíamos de Barcelona hacia París. Yo bombardeaba con preguntas a papá para entretenernos, como aquella de si era verdad que un general había asegurado que se comerían las botas antes de pasar hambre. Me respondió que sí, que el general Miaja así lo había propuesto y que, en algunas situaciones, comerse una bota era un lujo. Mi padre solía bromear con nosotros y muchas veces no sabía si tomarlo en serio o en broma. Yo miraba mis zapatos y no tenía claro por donde empezaría a morderlos. Luego me enteré de que Alicante era el último reducto republicano ante los nacionales y que la nuestra era un huida incierta. No pude dejar de asociar aquella pregunta con la bota semienterrada del militar que descubrí junto a casquillos de bala, mientras jugaba entre acebuches en la Sierra Norte de Sevilla. Mamá no me dejo escarbar y tampoco quería hablar, incluso aunque yo le insistía. Ella jugaba a mostrarse indiferente. Algunos franceses sabían hacer eso muy bien. Una frustración disfrazada de tibieza  se percibía en las gentes de París:  el panadero gesticulaba contra los políticos ineptos; el portero, que jugaba al “pilla-pilla” con nosotros, saludaba bromeando a mi hermana mayor con su brazo hitleriano en alto; o la vecina del tercero, que nos paraba en la escalera para describirnos en tres minutos lo mal que estaba Francia: qué mejor que los alemanes nacionalsocialistas para cambiarlo todo. Mis padres escuchaban en un silencio aprendido.

Pero, a pesar de todo, pasamos momentos agradables en París: jugábamos por el edificio y daba tiempo para intimar con los hijos de los vecinos. Yo me hice amiga de Olga, una niña que hablaba solo francés y con la que jugaba al “veo-veo” en el descansillo. Su padre se había ido a Rusia y no había vuelto. Papá contaba en casa que se trataba de un hombre que dejó su familia para vivir “la causa del proletario”. Todos preguntamos quién era “proletario” y papá se reía y decía que aquello era muy buena pregunta. En ocasiones, venían amigos de mi padre a casa y cenaban con nosotros y hablaban de toros, de fútbol, de Blanco White, de Olavide y de Larra. En aquel momento yo no sabía quienes eran. Durante algunos años pensé que hablaban de Zarra, “la mejor cabeza de Europa después de Churchill”, pero, aquello no era fútbol. Cuando mencionaban sus nombres, notaba resentimiento, como si se hubiera perdido algo irreparable, algo que no tenía vuelta atrás y “que estaba en nuestros genes”.

Un día, el cartero depositó una carta en la pequeña caja del correo. Estaba escrita en inglés y yo no entendía ni jota. Solo el apellido de mi padre: Chaves Nogales. Mi padre partió hacia Inglaterra con la excusa de que iba a investigar uno de sus reportajes y que pronto estaría en casa. Esta vez adiviné que no estaba bromeando porque apenas dio explicaciones. De hecho, a los pocos días, mamá nos dijo que volvíamos otra vez a España. El portero nos gritó que lo alemanes llegarían pronto, y se paseaba por el portal imitándolos con aire marcial y paso de oca. Olga, desde el portal, nos decía adiós con una banderita roja. Esa fue la última imagen que recuerdo de aquel edificio de París. En la frontera de Irún tuvimos que detenernos para que naciese mi hermana. Allí se hablaba de los dolores de mi madre, y nada de mi padre. Así se escribía un nuevo capítulo en nuestra historia. Cada vez más cercanos a El Ronquillo, nos volvíamos más callados, más invadidos por la sensación de que los silencios se iban alargando, y mis hermanos y yo susurrábamos para no despertar el miedo, algo parecido a un gigante que parecía vigilarlo todo. Subido a mi árbol, desterrado de aquel paisaje, pensaba en lo lejana que estaba la banderita roja de Olga y cuánto debería esperar para saber ser indiferente al dolor, para que todo me diera igual.

La doble trama

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 Ella cerró con un portazo que retumbó en toda la casa. La telaraña se balancea en el quicio de la entrada. Sigue tejiendo la araña, indiferente a la tormenta doméstica, ajena al humo del café recién preparado, imperturbable como el asesino de una novela negra, que volverá otra vez a la escena del crimen. La tela se trenza simétrica en sus hexágonos y los vértices se unen en intervalos medidos y sin rastro. Y así concibo el crimen pasional perfecto. Admiro esa urdimbre de formas soportando la presión justa del zumbido de la mosca, en el vaivén de la brisa nocturna e imparable.

Mientras paladeo el café, envanecido, percibo el tintinear de las llaves en la cerradura, la sonrisa nublada de mi mujer, la rigidez súbita en los miembros, la espuma en la boca, la penuria de mi voz, la sequedad venenosa en la lengua
y
esa alegría
vertical
del
pataleo
de la
araña. 



Microrrelato finalista en "La microbiblioteca" (Biblioteca Esteve Paluzie. Barcelona)

La dulce piel de los ahogados



 

Relato para ENTC

Hay historias del fin del mundo que describen cómo olas de veintisiete metros tragan grandes buques y devuelven a la orilla tesoros hundidos.
Al lanzar la piedra sobre las aguas, rebotó tres veces y se hundió. Me pregunto si esas ondas que se extienden cruzadas sobre la superficie serán olas descomunales para los zapateros de agua, para las libélulas que pululan siempre entretenidas. Se superponen como una melodía líquida de caricias en la piel, dulces y sinuosas como los labios que deseé besar cuando nos divertíamos en baños compartidos. Son las mismas que un día accidental de verano nos separaron para dejar un gusto desabrido de vacío y alga. Me sorprende que algunas ondas sean tan difíciles de traspasar, tan obstinadas como esas piedras que tiras al lago, que yo devuelvo siempre y tú nunca ves.

Sintaxis

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I Premio de Microrrelatos “Hasta el 40 de mayo”, organizado por El Club de los Paraguas Perdidos.


Con este calor reconoceré, querido paraguas, que fuiste un complemento circunstancial, un sujeto paciente de mis oraciones, uno de esos objetos indirectos apartados, pues tus atributos no servían para la lluvia (aquí “llover” es arcaísmo). Abrirte era buscar la impersonalidad meteorológica; llevarte, un presente de imperativo sin uso; sujetarte, un anacoluto en mi fisonomía. Disculpa si te sentiste subordinado a mi sombrilla; en ocasiones, la realidad se muestra relativa, sin lugar, ni tiempo, ni modo.

Así que, sí, me alegraré siempre de que, en aquel día canicular sin taxis, nos protegieras, a ella y a mí, de la tormenta.

Maquillaje





Es sabido que el aire se compone de nitrógeno, oxígeno y publicidad. Los aires de la modelo exitosa de antaño se desvanecen en las segundas páginas de las revistas de moda. Ella se reconforta leyendo una novela superventas de autoayuda que le regala su jefe. Una ficción en la que la heroína recorre el mundo como espía; se disfraza de soldado y mata-hari; precisa sobrevivir en las pasarelas entre dedos depredadores;  se enmascara en múltiples rostros maquillados; se casa, se divorcia y vuelve a contraer nupcias con un hombre veinticinco años más joven. Es ama de casa ideal y cocina unas magdalenas apetitosas. Y toda esa vida afanosa, tras doscientas cincuenta páginas, no sería igual sin su crema desmaquilladora, que aparece en un anuncio desplegable a todo color como colofón del libro.
De cualquier forma, y sean cual sean sus conclusiones, no olvide que este microrrelato se encuentra bajo el patrocinio y la gentileza de la marca “Smith and Jonhson’s Corporation”. Pregunte por nuestra gama cosmética en su farmacia más cercana.

El espectáculo debe continuar


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 Fotografía de Thomas Hoepker.


 La obligación del verdadero artista es dar un paso más allá, fijarse en los detalles y no repetir demasiado los números. En tres ocasiones me satisfizo la función especial para niños. En otras dos, gocé ante público anciano. Una vez reconozco que fui ritual y aburrido. Esta vez la camarera sirve el café con sonrisa labiodental. Pensé: “Podría amarte...”, y ella dijo: “¿Solo o con leche?”. Muevo la cuchara y rostros comunes se revuelven en los espejos frente a la barra, como mutilados en serie. Hundo el azucarillo y un codo frío de mujer se clava y me empuja hacia adelante.

El remolino del café me arrastra a un cero en espiral, al objetivo del fotógrafo, al cañón de la pistola guardada en mi costado. Extrañamente excitado, he vertido gotas de café en mis pantalones estampados. Una vez que el fotógrafo pulse el botón, comenzará el espectáculo.